Y corrimos por la calle juntos, sonriendo,
sin importar que la gente nos mirase o nos juzgase, porque éramos nosotros
“Madame, ¿me concede esta pieza?” preguntó
él haciendo una reverencia elegante mientras esbozaba una de esas sonrisas que
tanto me enamoraban. “Pero señor, estamos en la calle, además no hay música de
acompañamiento” respondí intentando contener una fuerte risa mientras cubría mi
boca con una mano y miraba a todos lados. “Eso no importa si está usted aquí
para hacerlo conmigo” dijo al mismo tiempo que me tomaba entre sus brazos,
poniendo una de sus manos en mi cintura y tomando mi mano con su diestra, meciéndonos
al ritmo de la música imaginaria y mirándome a los ojos.
“Se ve peculiarmente linda el día de hoy
Madame”
“¿Peculiarmente? ¿Cómo extraña?” Reí
“No, Peculiarmente como cuando el mundo te
sonríe… Me he vuelto a enamorar de usted”
“Es porque me siento feliz, porque estás a
mi lado”
Y todo paró, y todo cambió de color.
Estábamos ahí, él y yo, solos en el mundo. Sin ruido, sin color, sin imágenes,
sólo nosotros cambiando nuestras vidas en un segundo, cambiando todo lo que hasta ahora habíamos tenido
con un acercamiento y un roce de labios que movían mi mundo. Él movía mi mundo.
“Me gustas, te amo”
“Será un placer Madame.”
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